EL CUARTO BLANCO

2 enero, 2020

“LA CATEDRAL DEL PERREO Y LA COCINA CON SENTIMIENTO”
CHANCLA DE PERRO // XALAPA, VER.


Llegué a Mezontle a la 8:43 pm. Mi destino era El Cuarto Blanco, pero había que atravesar la oleada tempranera de caderas perreando al ritmo de Daddy Yankee. Mas de 100 gargantas coreando con caguama en mano “¿Quién es? El que te pone a vibrar, ¿Quién es? El que te pone a pensar” me hicieron saber que estaba en el camino indicado.

Fila de niñas para ir al baño, escaleras, y por fin, el guardia que me vería directamente a los ojos para después darme paso a esa misteriosa puerta que abre el portal entre el calor de los cuerpos bailando y el calor de los fogones.


La lumbre estaba encendida en el brasero, y hacía que una pequeña luz dejara en penumbras el jardín. La hostess me interceptó para amablemente preguntarme si tenía reservación, antes de poder decir mi nombre el “Wero” (Chef y socio del proyecto) volteó a verme y dijo en voz alta: “pásale mi niño, bienvenido, estás en tu casa”.

Siempre he creído que la cocina se hace con emociones, y que transmite las mismas con las que se crea cada plato. Sin duda alguna, si tengo que relacionar una emoción con el ahora tan aclamado Cuarto Blanco, esta sería AMOR. Y es que, desde hace casi dos años, cada viernes y sábado el Chef Palmeros envuelve a propios y extraños en una experiencia gastronómica que te lleva a amar hasta el más discreto ingrediente en sus platos.

La cena empezó con una entrada de calabacita, elote, queso asadero de la joya y perlas de chayotetlexte sobre semillas de girasol. Los sabores estaban perfectamente balanceados, pero lo que me voló el cerebro de ese plato fue el tapete de semillas de girasol, a propósito o sin querer, las semillas te invitaban a jugar con ellas y hasta cuando mordías la calabacita y se caía algún granito de elote por las comisuras de la boca, el sonido jugaba un papel importante. Kinestésico, auditivo y visual, ya la pura entrada me estaba rompiéndome el cráneo.

El segundo tiempo llegó como llegan las cosas en las casas de los abuelos, aromáticas y hechas sopa. Sopa de setas silvestres a las brazas, ¡coño! (spoiler alert, se llevó la noche), que puta sopa tan mas chingona, sabía a casa, a familia, a los abuelos, a monte, a humo, a tierra mojada, a risas, carajo, que chingona sopa, no tengo palabras.


La pesca entró a tirar putazos en el fuerte. Con pescado madurado 7 días y cuidado desde su captura con métodos artesanales hasta que llega a la mesa, este plato hace ver que no sólo en la costa se come buen pescado. Pesca, pipián, frijoles criollos y flor de gasparitos, bello homenaje a Veracruz. El postre llegó ni tarde, ni perezoso, flan de vainilla con piña y coco, directo y sin complicaciones, postre muy muy chingón (pese a que no soy fan de los postres dulces). La noche continuó en la sobre mesa, se unían unos, se iban otros, el vino y el mezcal fluía como fluía la energía y la cerveza a escasos 3 metros de nuestras cabezas en el piso de arriba, era increíble el contraste. Me retiré pasada las 12:00 am, satisfecho, feliz, con energías renovadas y amando Veracruz un tanto más.


No me queda mas que agradecer infinitamente por todas las atenciones al Chef Luis Palmeros, al Chef Pablo Luque y a cada miembro del equipo de El Cuarto Blanco y Mezontle por todas las atenciones brindadas en cada ocasión que repito. Gracias infinitas por tanto amor. Si quieren vivir una de las mejores experiencias culinarias de la Xalapa (aclaro, no es la única, ya les platicaré de al menos 3 más que están de huevos), no duden en ir, dejarse querer, tomar fotos y compartir. Que viva la catedral del perro y la cocina con sentimiento.

 

Fotografía y Texto por Eddie Zaletas